El mar borraba las huellas que él iba dejando en la vera, le quedaban apenas unos minutos antes de quedar a oscuras. Estaba a punto de llegar a Cabo Polonio cuando vio, a pocos metros, un muñeco cubierto de cebo negro. Se acercó y lo observó. Al notar que el cebo pegaba un papel decidió acercarse y leerlo. Él muñeco desprendía un perfume dulce que embriagaba el olfato. Estaba vestido con ropas de terciopelo negro, y en su pecho una nota se se sostenía. Julián leyó el mensaje mientras pensaba “¿Qué loco habrá escrito esto?”. No iba a dejarse amedrentar por ese estilo de bromas. Además, ¿Qué iba a hacer si aquel asunto era cierto? ¿Abandonar a su novia y no volver? Si todo resultaba real… pobre Gabriela, que había preferido quedarse leyendo en la casa.
Decidió apurar el paso, por las dudas de que la broma fuera verdad. Cuando llegó al pueblo, todo estaba ya a oscuras y la luz del faro, que giraba cada doce segundos, apenas si cortaba la noche por un instante. Sin electricidad, el balneario respiraba la paz de oír sólo el viento, los grillos y el mar. Julián cruzó entre las primeras casas, levantó la vista y siguió la luz del faro para orientarse.
Una vez en el pueblo escuchó, a unas casas de distancia, a una mujer lanzar un grito desesperado. Sonó un disparo y el grito se ahogó. Julián se agachó instintivamente; el corazón le latía con potencia, por un instante pensó en huir, pero no podía abandonar a Gabriela con un loco suelto en el pueblo. Tal vez ella estuviera escondida en la casa y hacia allí corrió él.
Los perros del balneario empezaron a ladrar; más gente gritaba. Se oían las detonaciones, una tras otra, con una constancia y cadencia macabras . El terror inundó la noche mientras los vecinos huían despavoridos hacia la playa abandonando el pueblo. Julián alcanzó a llegar a la casita que alquilaba con Gabriela. Entró a oscuras, gritaba su nombre desesperado:
—Gabriela! Gabriela!
Los disparos sonaban cada vez más cerca.Agarró una linterna para guiarse en ese caos cuando de pronto escuchó:
—¡Amor, amor!¡Acá estoy! —
Julián la alumbró con la linterna: estaba empapada en sangre, con el pelo revuelto y una pistola en las manos. El temblaba y ella lo miraba fijo, levantó el arma y apuntó al pecho de su novio.Antes de disparar gritó:
—No tenías que volver.